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El dictador en su laberinto


El dictador en su laberinto
 
Despues de todo lo hecho y lo dicho, el ex-General Ríos Montt tomó la silla de los testigos y acusados ante el Tribunal Primero de Mayor Riesgo A y montó una apología de la razón militar genocida sin precedentes en la historia de este país. “Los querellantes me han arrinconado” dijo, para iniciar, indicando con ello que su papel histórico es y debe ser inconfundible con posiciones ordinarias de sus simples funcionarios y burócratas de la muerte. El no fue, después de todo, un simple Álvarez Ruiz, un Chupina, un Mejía Víctores o un “Mayor Tito”: “Yo no era un comandante de compañía, yo no era un jefe de batallón, yo no era un comandante de zona, yo era un jefe de Estado”. Como también lo indicó en su discurso: “El Estado tenía un staff que se llama los ministros de Estado. Y yo era el jefe de los ministros de Estado”.El fue Guatemala como un todo y no solamente una de sus partes y, mucho menos, una de sus peores partes, la parte indígena, la parte Ixil desde cuya perspectiva el ser mismo del general, la historia que él defiende y representa, su clase social aparece como el retorno de un Cortés/Quetzalcóatl en su versión Maya, o sea Kukulcan, una serpiente de guerra vestida con traje militar de herencia criolla, ladina, superior.
 
Y, tal y como solía hacer en sus domingos de dictador y días festivos de presidente del Congreso de la República, proclamó un mensaje centrado en su papel como redentor de una Estado en quiebra financiera y moral: “No podíamos respetar la Constitución, porque todo era una podredumbre y se cayó solo. Entonces, teníamos que hacer el Estatuo Fundamental del Gobierno”. Y este Estatudo Fundamental representaba, ni mas ni menos, que la voluntad general encarnada en la voluntad particular de las fuerzas armadas entendidas como el cuerpo del Señor General puesto en el poder por voluntad de la historia misma.
 
Se trata de un discurso en el cual el ser del dictador y el ser mismo de Guatemala son uno solo en la esencia. En sus campañas políticas él solía decir: Yo soy Guatemala.[1] En su discurso de cierre en el juicio que se le sigue por genocidio de la nación Ixil en Guatemala una vez mas reiteró la moralidad, la misión restauradora y digna, de una jefatura de Estado que, él y su abogado defensor insisten, le fue también ofrecida a otros pero que sólo el tuvo el “coraje” de asumirla. Y la esencia del caso de la defensa, del discurso de Ríos Montt, es que en la cúspide del poder dictatorial el aire social es realmente escaso, allí se encuentra solo el dictador y su gran misión restauradora y renovadora de la nación como un todo, desde allí el dictador no tiene nada que ver con lo que ocurre en las faldas del Estado, en las planicies de la multitud y, mucho menos, en los barrancos y abismos de los desgraciados y donde sus órdenes son implementadas por otros con sus propias y egoístas agendas, divisiones e inercia. El Yo esencial del dictador no es responsable por el ser cotidiano existencial de su voluntad. La decisión de Yo El Supremo no tiene nada que ver con las consecuencias prácticas de la política del Estado. El Máximo Líder es responsable solo por la Idea de “nación de naciones” que quiere implementar en un mundo que solo otros, la inercia social, los “enemigos” comunistas disfrazados de mujeres, niñas y abuelas quieren desvirtuar. En sus propias palabras: “El comandante general del Ejército solo hace tres cosas importantes:  hacer la convocatoria para reclutar la gente, dar condecoraciones y dar pensiones”. La ejecución judicial y extrajudicial queda, así, en manos de otros mientras que el dictador se queda solo en su laberinto.
 
El genocidio, desde la perspectiva del poder, es multicultural y multiétnico. En palabras de Rios Montt: “Me señalan como racista cuando digo que somos un país  compuesto por muchas naciones”. El nivel de distorsión ideológica efectuada por la razón dictatorial llega con esto a niveles imprecedentes. En nombre del multiculturalismo hay que eliminar, precisamente, la amenaza multicultural. Una vez dadas las órdenes, una vez se han trazado los planes de “victoria” y la subsecuente “fortaleza”, una vez se ha invocado a la vieja figura del saber (“Sofía”) como guía del deber-ser necesario, entonces es posible decir “A mí, el jefe del Estado Mayor de la Defensa Nacional o el ministro de la Defensa no me daban informes de ninguna naturaleza”. Porque una vez se ha trazado el curso del destino qué es lo que ocurre con los habitantes de las montanas y los valles ancestrales del pueblo multicultural Maya deja de tener importancia. Mas aun si en esos lugares se encuentra, como lo declaró Ríos Montt, un movimiento comunistas que la gente ingrata, ideologizada, no puede resistir por sí misma. Así, pues, que la campaña de “moralidad” de su dictadura no consistió solamente en hacer que “los empleados públicos se iban a comportar mejor, que no iban a robar, que no iban a mentir y que no iban a engañar”. Consistía, de modo mas fundamental, en cambiar el ser mismo de la multinacionalidad, de la diversidad étnica y política de la patria criolla. Consistía en recordarle a la nación que en su historia “de 1944 hasta el 2013, todos los movimientos que en una u otra forma han hecho que progrese en cierta forma Guatemala, han sido guiados por el Ejército”. La amenaza comunista era así no solo una amenaza al multiculturalismo sino también al sentido fundamental de la historia moderna de Guatemala y al Estado protector de la verdadera diversidad étnica del país. No puede haber nada mas en juego que todo esto.
 
Ríos Montt no es un hombre ignorante. Si alguien quiere tratar al dictador como si lo fuera comete un error muy grande. Si su abogado García Gudiel se arrogó a sí mismo el derecho de decontar el testimonio del experto García Granados por ser un “simple sociólogo”, no hizo lo mismo con su propio cliente cuando antes, durante y después de su discurso él declaró, con tinte sociológico e, incluso, Marxista lo siguiente: “La subversión no es cuestión de tiros, sino es cuestión de subdesarrollo, enfermedad, pobreza y extrema pobreza y hambre”. Aunque ésta lógica de la Ideología de la Seguridad Nacional quedó plenamente plasmada en el Plan Nacional de Seguridad y Desarrollo, se trata también por supuesto de una idea desarrollista que en Guatemala, a pesar de su repetición constante por pequeños intelectuales locales y exfuncionarios de gobiernos ya en tiempos de la llamada “paz” (después de los Acuerdos de Paz) como un Rosada Granados o un Porras Castejón, nunca han producido políticas de Estado coherentes y efectivas. Cuando el dictador ofrece este reconocimiento de la economía política del subdesarrollo y la dependencia – tal y como todavía lo enseñan en esa inveterada casa de estudios “comunistas” llamada Universidad de San Carlos – no lo hace porque reconozca el linaje del racismo y colonialismo criollo, la historia de una independencia fallida y un conservadurismo carrerista a ultranza, la acumulación de capital primitiva promovida por otro héroe militar nacional en la figura de Justo Rufino Barrios o el proto-facismo ubiquista que llevó directamente a la Primavera guatemalteca que, con el apoyo de la CIA y su ejercito amado, fue finalmente truncado para dejar, precisamente, las condiciones estructurales que habrían de llevar a la rebelión de los empobrecidos pueblos indígenas del altiplano. De ninguna manera. Para Ríos Montt el objetivo de una plato de “tortillas y frijoles” es nada mas y nada menos que la obediencia y el conformismo. El “subdesarrollo, enfermedad, pobreza y hambre” llevan no solo a la “subversión” sino también, peor aun, a la desobediencia, a la falta de memoria histórica que es la única memoria histórica que vale para Rios Montt: “De 1944 hasta el 2013, todos los movimientos que en una u otra forma han hecho que progrese en cierta forma Guatemala, han sido guiados por el Ejército”.
 
Es este tipo de conciencia nacional el que reclama un Jefe de Estado. Trivializando el significado y grotescas políticas del genocidio, Rios Montt sin embargo expresa lo que implica, desde el punto de vista del Supremo, trabajar por el rescate del Estado: “Acaban de capturar a unos policías por estar cobrando impuestos  y no van a procesar al ministro de Gobernación por eso”. Por extensión, si matan a unos cuantos “indios” por aquí o por allá, no se puede perder de vista el proyecto de nación que encarna el Jefe de Estado, que solo el ejercito ha podido encarrilar históricamente y que solo una “moralización” sistemática de todo el Estado puede conseguir. Qué pueda resultar de todo esto en Chajul, Cotzal o Nebaj es una mera desgracia, “una confrontación entre hermanos, entre familias” que se debe no al racismo, al colonialismo, el subdesarrollo y la dependencia, sino al “comunismo” de “la honorable Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca.” Es precisamente esta lógica anti-comunista del dictador la que contribuyó a germinar las semillas de una genocidio anunciado desde la colonia y que solo había sido aplazado hasta la llegada al poder de esta serpiente de guerra.
 
Ahora, al final del juicio, el dictador dice que él no estuvo envuelto en la ejecución cotidiana del genocidio, que fueron “otros” los que ejecutaron su visión de “nación de naciones” y que, esos otros, quizás cometieron “excesos” en sus acciones como lo indican los muchos reportes de eliminación de “chocolates” por aquí y por allá, pero que no por ello hay que echarle la culpa al dictador. Desde el punto de vista totalizante del general “Nunca he tenido la intención ni el propósito de destruir ninguna etnia nacional.” En realidad, no hay necesidad que haya dicha intención o propósito desde la cúspide del poder cuando todo su cuerpo, toda la maquinaria de dominación, toda la burocracia de la muerte está ejecutando la operación “sabia” de destrucción sin que el general en su laberinto tenga que molestarse por los detalles.



[1] Marco Fonseca, Entre la comunidad y la república. Guatemala: F&G Editores, 2004.

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