avatar
¿Marx dónde estás?, ¿Entre rugidos o maullidos?


En un artículo publicado recientemente en las páginas de este semanario (“Trabajar más para ganar menos”: Karl Marx dónde estás?, Claridad, 2 al 8 de diciembre, 2010), Rafael Ruiz Garofalo plantea que “el desarrollo económico debe estar fundamentado en la producción y no en la especulación”. Este principio le sirve al autor para explicar la más reciente crisis del sistema capitalista global, crisis que ha entrado en su cuarto año.

Ruiz Garofalo comparte con reconocidos analistas, como Paul Krugman, Joseph Stiglitz y Naomi Klein, que “los bancos y los especuladores son los culpables de la crisis”. Esta visión predominantemente Keynesiana que despotrica contra el capital financiero y que el autor presenta de manera desafortunada al confundirla con la posición Marxista, aunque con buenas intenciones, asume que el sistema económico que tenemos es adecuado. Sólo busca remediar sus excesos. De aquí que si se regula el lado financiero del sistema, las crisis pueden ser suavizadas y hasta eliminadas mientras el lado productivo crea más riqueza para el beneficio de todos.

Cuando uno ataca únicamente al capital no-productivo (financiero), termina romantizando al capital productivo, aquel que dirige las operaciones productivas que crean valor y proveen empleos siempre y cuando obtenga ganancias. Dicho de otra manera, envuelve una nostalgia por aquel capitalista que explota a sus trabajadores mientras se crean productos y servicios para el consumo popular con el principal objetivo de obtener ganancias. Sin embargo el capital productivo es inseparable del capital financiero y, en todo caso, no es capaz de una distribución justa de la riqueza producida. Limitarnos a ver las cosas desde aquí no nos permite una organización efectiva contra el capital.

El capitalista es tal en tanto acumula ganancias que invertirá para acumular más ganancias. De esta manera expande su capital. Ese capital inicial que financia las operaciones del capitalista (producto de robos y saqueos anteriores al capitalismo) está presente desde el origen del capitalismo, cuando se crean masas de trabajadores desposeídos que pueden ser empleados a cambio de un salario que sólo representa una parte del valor que producen.

La acumulación de capital implica una economía más compleja en donde el capital que
financia tiene que organizarse de maneras más complejas para facilitar la inversión y así mantener la expansión. El hecho de que el capitalista especializado en las finanzas busque la manera de hacer más dinero sin ningún miramiento a las necesidades de los trabajadores es una radicalización de lo que el capitalista original hace en términos de seguir el interés particular del capital por encima del interés del resto de la sociedad (ejemplificado sobretodo en la explotación de asalariado). Es indispensable para las operaciones del día a día del capitalista, y sobretodo para proyectos que requieran movilizar grandes recursos. Por ello buscará obviar cuanta traba se le imponga.


De manera que el capital productivo no se puede separar del capital no-productivo (financiero) tanto en su origen como en su desplegue. El problema no es el capital financiero, sino el capitalismo en sí. Plantear que el capital financiero es el problema es confundir el síntoma con la enfermedad.

Es difícil concebir que “el desarrollo económico debe estar fundamentado en la producción y no en la especulación” si consideramos la producción dentro del capitalismo, pues ésta conlleva sistemas financieros propensos a la especulación. En todo caso, el desarrollo que se da de acuerdo a este modelo de producción no conlleva mejores condiciones de vida para los trabajadores. La inversión capitalista implica que todos los factores de producción se pueden comprar y por tanto están bajo el control del capital. El hecho de que invierta para capitalizar implica además que lo que le toca al trabajador siempre estará subordinado a la necesidad de tener ganancias. Esto explica por qué aun cuando se produce mucho más que antes, la mayor parte de las personas en vez de disfrutar de más tiempo libre, tienen que producir aún más y adquirir los nuevos bienes para mantenerse a flote en el poco tiempo libre que tienen.

Apelar al león de Karl Marx cuando en realidad se refiere al gatito de John Maynard Keynes es reducir toda la explicación de por qué el capitalismo es irracional y debe ser superado a un mero intento de salvar los desbarajustes de la mano invisible. Y es que la crítica del capital productivo basada en la explotación de los trabajadores y la comodificación de las mercancías, junto a la relación que tiene el sistema de producción con el capital no-productivo es parte del ABC del marxismo.

Eso sí, queremos reconocer que en su escrito, Ruiz Garofalo se distancia de los Keynesianos actuales en un punto muy importante. Termina proponiendo que se le apliquen impuestos a los grandes capitales, a diferencia de los Keynesianos que proponen que los gobiernos sigan corriendo un déficit para financear sus gastos. Esa estrategia resulta suculenta para los sectores económicos acaudalados, dado que son los únicos que pueden comprar la deuda que emite el gobierno. Levantar impuestos contra este sector iría en contra de sus intereses, no sólo por el impuesto en sí (según varios estimados un impuesto de un 15% al 1% del sector más acaudalado en Estados Unidos sería suficiente para balancear el presupuesto), sino porque no obtendrían los intereses que paga la deuda que potencialmente le comprarían al estado, ni el poder que como financieros tienen sobre la manera que el estado gasta ese dinero. La estrategia Keynesiana le puede abrir paso a medidas de austeridad para garantizar el pago de la deuda, mientras que el impuesto al capital financiero redistribuiría la carga hacia arriba.

Si el punto es forzar al menos una redistribución de la riqueza un poco menos injusta, haciendo que los capitalistas paguen por la crisis mediante regulaciones e impuestos al capital financiero, todavía queda la pregunta de cómo lograrlo. Ruiz Garófalo parece sugerir que la respuesta está en el pueblo que se lanza a las calles. Pero si uno asume la división entre capital financiero como el malo y el capital productivo como el bueno, no puede ver la posición de miseria y subordinación política que ocupan los pueblos frente a los capitalistas. Si los capitalistas constantemente explotan los trabajadores, entonces estos últimos desarrollan sus respectivas estrategias de resistencia, que a su vez generan estrategias de asimilación por parte de los capitalistas. Obviando la relación entre capitalistas y trabajadores y sus dinámicas específicas, Ruiz Garófalo no se explica las acciones de los trabajadores ingleses, ni la fogocidad de los franceses, a los que achaca rebeldía genética. Este tipo de visión tiene muy poco que contribuir a la hora de mirar a situaciones políticas concretas y plantear estrategias a partir de ellas. Depende más de la buena voluntad de los ricos, a los que pontifica que deberían pagar su parte, mientras insta a los trabajadores a protestar para que sólo sea el capital productivo el que los explote.

Una de las cosas en las que Marx insiste constantemente es en estudiar la realidad del ser humano en su complejidad, no a partir de ideas ya preconcebidas que terminan obstaculizando su estudio. Si es el pueblo el que puede lograr los cambios, tenemos que pensarlos desde su complejidad, y no desde modelos concebidos para solucionarle los problemas al capital.
 

 

Autores: Manuel Marqués Bonilla ([email protected]) e Ian J. Seda Irizarry ([email protected]). Estudiantes graduados de los departamentos de Pensamiento Social y Político, de la Universidad de York en Toronto, y de Economía, en la Universidad de Massachusetts en Amherst, respectivamente y miembros de http://losexpatriados.blogspot.com/ .

Leave a comment